De los silencios, los pactos y la emergencia de escucharlos


Por Leticia Rodríguez (La Letty)

El horror que vivimos y enfrentamos como consecuencia de una constante transgresión de la ley, es un tema que no debemos eludir ya que da origen a la violencia, a la impunidad y a la injusticia que, como grandes síntomas de nuestra sociedad, se juegan y disputan un territorio: el cuerpo. Espacio dominado por una sociedad enferma, insana que lo ha territorializado a través de una infinidad de violencias e injusticias inconcebibles cuyas dimensiones rebasan toda lógica de lo humano. Ante este panorama, cabe preguntarnos si tales condiciones de vida solamente adquieren valor con la pérdida y destrucción del otro. Acto de matar, acto de deshacer “eso” que imposibilita la restitución de un orden que, en apariencia, se disfrace de justicia. 

“Bajo el silencio” y “Un misterioso pacto”, son dos textos dramáticos del dramaturgo Óscar Liera, que nos pueden ayudar para sacar a la luz esa “lógica” que da cuenta de la forma en la que la ley va a funcionar, no como garante de justicia, sino como sostén de la impunidad. Ambas obras podrían pensarse como el lugar de la “enfermedad social”, “lugar” que, con mayor exacerbación, ha vuelto a poner en tensión la dualidad persona o cosa; vida o muerte, en tanto mecanismo de supervivencia de los seres humanos. Dicha dualidad, como la exhibe Liera en estas obras, podría posibilitarnos una reflexión en torno a la manera en que, a partir del ejercicio de la violencia, se puede echar luz sobre lo perverso del contubernio Poder-Derechos-Justicia. Tal inconsistencia no únicamente hace visible la no posibilidad del ejercicio de la justicia, sino que ante ello, pareciera viable e incluso justificable el acto de “justicia por propia mano” como medida de reparación inmediata y eficaz, pero cuyo argumento de restitución de la misma, no resulta ser sino un ejercicio cruel de venganza. 

Lo anterior nos ha colocado en un estado de vulnerabilidad que no solo somete a las víctimas, sino al conjunto de la sociedad. Hoy más que nunca, resulta evidente que la mayoría de las luchas que libramos los seres humanos en el espacio social, si no es que todas nuestras luchas, tienen como sustrato y raíz el desmedido ejercicio de la violencia y la ausencia de justicia como mecanismo que la sostiene. Lo anterior se debe a que las relaciones no únicamente entre los diversos grupos sociales que cohabitan nuestro país, sino la del hombre con el hombre mismo, encubren un enorme afán de dominio, de poder que ha desencadenado un masivo ejercicio de la violencia que no solo es solapada por las instituciones que incluso se han erigido como las principales autoras de la misma, sino que ha trascendido a cada hombre, a cada mujer. Lo que trato de decir es que se ha abierto una brecha inconmensurable entre los sujetos que habitamos en este país. Brecha que hace por demás evidente que la ostentación de cualquier forma de poder, despierta en los hombres una imperiosa necesidad de fortalecerse a partir de la negación y destrucción del otro. Ejemplo de ello podemos verlo en este  dramaturgo, para quien la ley y la justicia no va a estar en las instancias de control institucional, sino en otro lugar, el lugar del vacío que de tanto ser horadado por las injusticias, ha obligado a los sujetos a buscar una salida, un “equilibrio” que restituya el orden perdido, y ese orden en su discurso tiene la forma del “ojo por ojo” como única alternativa; como única posibilidad de pensar la Justicia. Paradójicamente, esta “justicia” evidenciará su propia imposibilidad y el hecho de que ninguno de nosotros escapa ya a la violencia. 

Para tomar un lugar ante el acto criminal que se muestra en estas obras, creo que tendríamos primero que cuestionarnos el qué mata el asesino, para intentar dimensionar el porqué de dicho pasaje al acto. Desde mi punto de vista, el acto criminal mostrado por Liera en ambos textos, muestra el “derecho” de apropiación del cuerpo del otro, el cual queda investido de todas las injusticias sociales que puede llegar a simbolizar para el que comete el acto criminal. 

Liera nos brinda una escritura llena de imágenes que son una muestra de lo que se puede hacer sobre los cuerpos como respuesta a la inacabada serie de injusticias. Esta posesión del cuerpo con una enorme violencia, pone el acto de justicia como imagen opresora y al mismo tiempo como signo de la imposibilidad de realización de los individuos. Son las mismas instituciones las que delinean las más atroces formas de transgresión  y de ejercicio de la violencia. Misma que será repetida por sujetos de a pie quienes han sido despojados y violentados de los más elementales derechos de supervivencia y que a través de un acto transgresor y criminal posibilitan su retorno a la categoría de sujetos. “[…] Dado que la ley surge a partir del crimen primordial, esa ley no sólo no puede ser plena, sin fallas, sino que también muestra y ostenta los posibles caminos que tientan hacia un retorno a su quebrantamiento. Allí donde falla la ley se recrean las más encantadoras tentaciones que incitan al goce, al crimen. Coacción de repetición le llamó Freud (wieder-holung-zwang: volver a-repetir-coactivamente o con violencia) […]” (Gerez Ambertín, 86)

Ahora bien, el acto criminal que se evidencia en estas obras, estará respondiendo a una necesidad por restablecer un aparente “equilibrio” que le restituya al asesino “algo” de lo que le ha sido arrebatado o simplemente no le ha sido dado.  Empecemos primero por Liera cuyo personaje asesino aparecerá tanto en “Bajo el silencio” como en “Un misterioso pacto”. Este personaje llamado “El tipo”, se prostituye en las calles, es así que es levantado primero por Nora, una maestra de geografía de un colegio “bien”, posteriormente será Samuel, un homosexual, quienes lo llevan a su casa con la intención de “cogérselo”, luego de una interminable secuencia de violencia verbal que alcanza dimensiones de tortura, el hombre termina matándolos pues no le basta con simplemente robarles el dinero. “EL TIPO”, cuerpo sin nombre, sin capacidad deseante que terminará erigiéndose en el deseo del otro, lo cual le ofrecerá la fantasía de ser alguien; cambiar su estatuto de cuerpo–cosa, que puede ser comprado, usado y desechado por el lugar de control y dominio del otro. Hay un fragmento en la obra que dice mucho en torno a esta apropiación del cuerpo a manos del Otro, el asesino cuenta a su víctima Nora, que a los quince o dieciséis años se escapó del orfanatorio en el que vivía para ir con unas mujeres de la vida alegre, “para conocer mujer”, al regresar son descubiertos por los curas dueños del orfanato y uno de ellos “[…] el más cabrón de todos, nos dijo…mira, aquí traigo las palabras, aquí las traigo: “No pueden meterse con esas mujeres porque alguna de ellas puede ser su madre”. ¿Sabes lo que es eso? Aquí por dentro te cambian los cables de otra forma y ya no puedes pensar igual… Te joden la vida con unas pinches palabras y creen que hacen obras de caridad.” (Liera, 228)

Lo que se va a jugar en ambos encuentros, es la posibilidad de poseer. Posibilidad que le ha sido negada, él no posee nada, ni siquiera nombre, es por eso que lo quiere todo. ¿Cuánto quieres? le pregunta Samuel, El tipo responderá una y otra vez “lo quiero todo” y en ese todo está también la vida de su víctima. En el Malestar en la cultura, Freud nos dice que el hombre no es una criatura tierna sino por el contrario, que tiene una dosis de agresividad por lo cual el prójimo también le resulta una tentación para en él, satisfacer la agresión, para explotar su fuerza de trabajo sin retribuirle nada, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infligirle dolores, martirizarlo y asesinarlo… (3046). 

Más adelante, por boca de Samuel descubrimos la imposibilidad de la justicia cuando le comenta a su verdugo y asesino de Nora, que en el piso de abajo vivía una maestra “muy buena onda” que fue asesinada: “… pero todo se paga, allí está Dios que todo se paga en esta vida. Agarraron al culpable y ya está en la cárcel… dizque amigo de ella… le echaron como treinta años. Todo se paga en la vida tarde o temprano; en nuestra sociedad los crímenes no quedan impunes.” A lo que “El tipo” cínicamente le responde “Ves, en la cárcel uno confiesa todo.” Esa es la justicia para Nora y lo será también para Samuel.

Hasta aquí una divagación que intenta recuperar la voz de un enorme dramaturgo y creador escénico sinaloense: Óscar Liera… Una articulación que intenta seducir e invitar a leerlo, escucharlo… escucharnos.

Bibliografía

Garro, Elena. (2009), Teatro, Obras reunidas II, FCE.

Gerez Ambertín, Marta. (2004) (editora). Culpa, responsabilidad y castigo en el discurso jurídico psicoanalítico. Letra Viva.

Liera, Oscar. (2008), Teatro escogido, FCE.